Una de las cervecerías más famosas es Hofbräuhaus ya que en 1589 abastecía a la familia real Wittelbasch. Fundada en 1.589 por el Duque William V, en sus inicios sólo estaba abierta para la realeza. Éste régimen de admisión se mantuvo durante más de 200 años, hasta que en 1.828 fue trasladada y por orden del rey Ludwig I, abrieron sus puertas al público y bajaron los precios para que todos pudiesen beber su cerveza.
El lugar es enorme, con grandes mesas de madera que se comparten y sillas como bancos largos. El ambiente parece de una taberna de película medieval, con los mozos y mozas pasando con jarras de cerveza y patos humeantes, y otros con canastos vendiendo pretzels, panes y dulces. Y de fondo, la banda en vivo tocando música autóctona.
Se puede desayunar, almorzar, merendar o cenar. Nosotros hicimos una especie de merienda / cena, ya que era la tarde/noche. Pero como acá se acostumbra a cenar temprano nos sumamos al resto.
Los platos son abundante y muy ricos, al menos los que probamos, pero las estrellas son las cervezas que vienen en vasos de un litro y te hacen sacar músculos cada vez que los levantas para tomar.
Rica, muy rica cerveza, pero seguimos prefiriendo la Augustiner. Que no será la que tomaban los reyes pero... ¿quién dijo que ellos saben más que la plebe?
Dato curioso asqueroso: Nos contaron que durante la época donde el Rey acudía a tomar a esta cervecería, las mujeres salvo las mozas, dejaron de ir y el por qué tiene una respuesta lógica...
Como todos los hombres del pueblo querían estar ahí, tomando en la compañía real, las demás cervecerías se quejaron ya que sus ganancias bajaron estrepitosamente, entonces el Rey tuvo una idea que podía parecer genial en teoría cerrar los baños de su cervecería para que la gente fuera a orinar a las demás y de paso quedarse allá consumiendo, pero no resultó nada bien en la práctica ya que por supuesto nadie quería dejar su lugar cercano al Rey por cosas tan mundanas como ir al baño (hablamos de litros y litros de cerveza en cada vejiga) entonces, para vaciarlas, les hacían una seña a las mozas quienes les alcanzaban unos palos calados en forma espiralada y ellos se los colocaban en sus braguetas apuntando al suelo y gracias a su forma, sin salpicar a quienes se sentaban al lado, el orín caía a los pisos, los cuales llenaban de aserrín pero no daba a basto y este salía por las calles recorriéndolas como un gran río dorado por todo el barrio.




Que buenas cervezas gigantes y que bueno que comieron rico. Me dio asquito el cuento pero me encanto
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