La fiesta más grande de Baviera: Oktoberfest


Desde 1811 cada año se celebra el Oktoberfest en la ciudad de Munich (interrumpido sólo 24 veces durante períodos de guerra y epidemias). Pero lo que hoy es un inmenso festival de la cerveza local con juegos para toda la familia que dura entre 16 y 18 días seguidos, comenzó siendo una boda real.
El 12 de Octubre de 1810, Ludwig de Baviera, hijo del Rey Maximilian I, contrae matrimonio con la princesa Teresa de Sajonia-Hildburghausen y deciden realizar la fiesta en un gran prado (regalo de bodas del príncipe a su princesa) ubicado fuera de las murallas de lo que era la ciudad en esa época. La fiesta fue abierta a todo el pueblo y llegó a durar 5 días consecutivos.
Tanto los nobles como los campesinos, añorando durante los meses subsiguientes la magnífica fiesta a la que asistieron, presionaron a los nuevos esposos para que el suceso se repitiera al año siguiente y Ludwig que era bastante influenciable si de jolgorio se trataba, aceptó encantado con la excusa de celebrar el primer aniversario y el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, el sexto...
Con el tiempo se decidió además que 5 días no eran suficientes y ya que estaban lo movieron a Septiembre para despedir el verano de la mejor manera.


Desde 1950 se realiza la apertura de ceremonia que se convirtió en tradición hasta la actualidad.
El primer sábado luego del 15 de Septiembre a las 12 en punto, el alcalde de Munich encabeza la marcha desde el centro de la ciudad hacia el predio, en ostentosas carrozas que llevan a los barriles de cerveza, a los músicos, feriantes y personajes típicos de Baviera, donde abre de un golpe (o los que hagan falta para lograrlo) el primer barril de cerveza al grito de "O 'zapft is!" (está abierto)


Para los que viven en la ciudad, ésta se llena de coloridos trajes típicos, ya que la tradición invita a ir vestidos como Bávaro, lo seas o no. Pero además se llena de gente hasta el hartazgo al ser una de las fiestas más populares a nivel internacional.


En todas las estaciones y dentro de los transportes públicos, cientos de personas por hora se dirijen hacia el predio. La entrada es gratuita y cualquiera puede pasar (sin llevar bolsos ni carteras grandes y mostrando el contenido a los amables guardias de la puerta)


El lugar es realmente enorme (46 hectáreas) lleno de juegos, carpas para hasta 12.000 personas, puestos de comida, bebidas, postres, snacks y souvenirs.





Pero lo que más llama la atención es la presentación y decoración de cada sitio, con detalles de personajes y escenas características, que hacen para los ojos un espectáculo en sí mismo.





Hay juegos para todos los gustos y tamaños. Clásicos y modernos.




Y teniendo en cuanta la cantidad de cerveza que se consume, hay algunos que son sólo para verdaderos corajudos.





Algunas de las atracciones son muy antiguas y tienen su historia en carteles que cuentan en qué año de Oktoberfest se inauguraron. Una pequeña vuelta al mundo construida en 1925 incluso tenía una banda en vivo de música folklorica Bavara para musicalizar la atracción.



Los clásicos indiscutibles son la torre de sillas voladoras, la vuelta al mundo y la calesita de hamacas.



 No faltan las montañas rusas, los trenes fantasma y hasta los laberintos de espejos.


El ambiente es de verdadera fiesta. Desde el mediodía se abre para ir con la familia y a partir de las 19 hrs. se sugiere que haya sólo adultos ya que por más que sigan funcionando los juegos, es donde las carpas con cena y litros y litros de cerveza no paran de consumirse.





Todas las cervezas del Sur de Alemania están presentes y cada una tiene su carpa. Así le llaman a restaurantes gigantes que se arman especialmente con mesas largas para compartir con más de diez personas, bandas en vivo que tocan sin parar, jardines con mesas para los que prefieran el aire libre y platos de comida característicos. Pollos al spiedo, pescados a la parrilla y patas de cerdo, todo acompañado por papas, chucrut, ensaladas y por supuesto, pretzels gigantes recién salidos del horno.


Pero para tomar cerveza en el Oktoberfest hay que tener resistencia, porque las únicas medidas que se venden son de un litro cada jarra. 


¿Y qué tiene de divertido meterse en estas carpas cuando los juegos están afuera? que la verdadera fiesta está adentro. Las bandas tocan música en vivo con temas internacionales, clásicos y modernos, que la gente canta a coro, mientas los animadores alimentan el clima festivo constantemente. Cada diez minutos la banda toca el tema del brindis, para lo cual es tradición pararse en los bancos y al ritmo de la canción entonar el tema y empinar el codo. Pero esa no es la única excusa para brindar ni tampoco para bailar en los bancos, ya que cualquier tema conocido tiene la misma repercusión.


Más entrada la noche la gente baila por los pasillos, las conquistas están a la orden y la alegría y borrachera se hacen incontrolables. Pero como las reglas son claras y quebrarlas es motivo de expulsión del predio, a las mesas nadie se sube y las mozas no se las acosa.


Las reservas de mesas para las carpas se hacen con mucha antelación, pero se puede conseguir asiento bastante rápido si no se va en grupos muy grandes. También se permite pasear por las carpas para disfrutar el ambiente, pero dejando el pasillo libre para que los mozos y mozas pasen con sus enormes bandejas o las manos con hasta diez jarras llenas de cerveza. Y si se quiere disfrutar de una cerveza pero con un ambiente algo más tranquilo, siempre quedan los patios cerveceros de cada carpa donde se escucha la música pero a un volumen mas agradable.
Nosotros nos animamos afuera dos veces y salimos bastante ilesos (aunque nuestras caras no lo demuestren)


Cuando empieza a anochecer, el paisaje cambia porque todo se llena de luces de colores.


Y despues de dos cervezas, es el momento ideal para subir al juego más vertiginoso en compañía de los únicos valientes (los jefes de Manu de Argentina que vinieron de visita). 


Y aunque cueste creerlo, dentro del predio ocurren menos problemas de los que uno pensaría. La seguridad es bastante eficiente y la policía y medicos están por todos lados. Incluso hay una comisaría dentro y varios centros de asistencia para mujeres, en caso de necesitar ayuda con los borrachos que no quieren entender que no es no.


¿Cuál es la conclusión después de haber visitado esta gran locura? 
Que una vez en la vida es suficiente. 


Si bien es atractivo tener por dos semanas un parque de diversiones gigante con tabernas de las mejores cervezas al alcance de la mano, las multitudes son espeluznantes y los precios elevados de cada cosa no justifica soportarlas. Y el despliegue de gente quebrada de alcohol en sangre durante las 24 hrs. deambulando por toda la ciudad y los medios de transporte, da pena por el resto de los locales que convive con eso durante más de 15 días en su vida cotidiana. 







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